Es como jugar al Póker con el Diablo de Tahúr. A la larga siempre pierdes.





Amaneció tumbada boca arriba, con dolor en el cuerpo, los ojos abiertos y sus deseos colgando del ventilador. Amaneció tumbada en un colchón, con un cigarro en la mano quemando el hueco que él dejo al irse.

Se preguntó si había valido la pena. Si al intentar ponerse de pie le haría  feliz notar como flaqueaban sus rodillas. Se palpó las costillas, seguían ahí, teñidas de morado y de whisky a altas horas de la madrugada.

La boca seca, con sabor a lúgubre. Pensó dónde creía estar. Le daba igual saber cómo  había llegado y no le importaba no saber cómo volver. Pensó que algo la sacaría de ahí, tarde o temprano, el hambre que hacía meses no sentía o la mirada de desprecio del ama de llaves del motel.

Olió las sábanas y la mezcla le hubiera hecho vomitar si no fuera capaz de dejarse llevar hasta el recuerdo que le provocaba esa situación.

Pensó “una vez más… no me voy a poner exquisita a estas altura, las damas lo son porque saben cuando asumir sus verdades y ocultar sus mentiras”

Esperó un rato más, hasta que la ceniza se mezclara con su piel. Esperó a nada.

Buscó en el recuerdo de su estómago algún indicio que le recordara cuánto tiempo hacía que no estaba viva, pero no supo calcularlo… Decidió levantarse, no hubiera pasado nada si se hubiera dejado abandonar en ese momento pero recordó lo único que sabía recordar desde que era niña “ya has sido usada, ahora no quieras ser dominada”.

Se incorporó sobre el borde de la cama. Su espalda le recordó que ya no tenía fuerzas para seguir tratándose así pero ella hizo lo que hacía siempre, hacer caso omiso de la conciencia de su cuerpo.

Su figura se confundía con el verde papel de las paredes. Pensó que si no fuera por el pelo que caía sobre sus hombros podría pasar perfectamente por un mueble más de la decoración. Miró a su alrededor. No vio vida, no vio su reflejo al mirar al espejo del techo de la habitación. Tampoco se sorprendió. Si ella no se notaba viva, tampoco su reflejo intentaría recordárselo.

Notó el dolor de las noches amargas al intentar levantarse. Le crujieron los deseos de una infancia que vivió demasiado rápido y dejó que sus huesos se acomodaran al dolor.

Enredó sus pasos entre su ropa, pensando si encontraría la de él, algo que le hiciera saber con certeza que estaba allí y que no era un engaño más de su imaginación. Buscó la puerta con la mirada y la encontró cerrada. Fue hacia la ventana y corrió las cortinas, prefería esconder la vergüenza que se despertaba con ella por las mañanas de los ojos del mundo.

Encaminó su amargor hasta el baño y abrió el grifo del la ducha.

Apoyó las manos sobre el lavabo y levantó la cabeza. Se vio, vio el rostro desfigurado de quien se ve sometido a hacer algo que no desea pero que no puede evitar. Vio lo que se ve en los ojos de esa gente que sabe que no va a salir de dónde está porque no sabe cómo ni sabe por qué.

Rehuyó su reflejo. Estiró el brazo y apagó la luz. Prefería la sombra. La sombra y la calma que le proporcionaba el huir de la desaprobación de su mirada.

Se metió en la ducha. El agua abrasaba su piel y pensó que quizás eso era lo que se sentía cuando uno estaba condenado por haber tenido la osadía de probar el pecado de la carne. Pensó que no volvería a hacerlo, que no valía la pena. Enjabonó su piel con el deseo de una vida mejor. Al darse cuenta se dejó deshacer bajo el chorro de la ducha.

Los recuerdos empezaron a atascar las tuberías. Apoyó las manos contra los baldosines y vomitó. Dejo que el vómito y la sangre se mezclaran con el agua manchando sus pies.
Pensó “y si él tiene razón, en cuanto toco algo puro lo mancho de mi”. Dejó correr el agua y salió del baño.

Se apoyó contra el marco de la puerta mientras se encendía un cigarrillo, el agua de sus dedos lo doblaba así que pensó que era mejor inundar rápidamente sus pulmones antes de que su cuerpo  le pidiera abstinencia.

Miró la cama, se preguntó si lo que había experimentado horas antes era lo que los demás llamaban felicidad. Se preguntó si el dolor que sentía en la piel era por el roce de las sábanas o porque era incapaz de aceptarse a sí misma. Pensó “cómo puede ser que esté aquí otra vez, cómo puede ser que repita este ritual de calvario  todos los días y no haya muerto aun. Cómo puede ser que mi mente odie tanto a mi cuerpo como para dejar que la frustración de otro esclavice mis deseos”

Se juró no volver a hacerlo. Apagó el cigarrillo en la piel de sus muslos y comprobó que no había nada que la hiciera despertar. Se sonrió a sí misma, esa sonrisa burlona de cuando sabe que está intentando mentirse pero en el fondo sólo disfraza la verdad. Esa sonrisa que utiliza para embaucar los sueños de otros mientras piensa “pobre ingenuo, vas a quemarte en el Infierno, aléjate de mi antes de que te hagas daño”

Arrastró los pies sobre la alfombra y se dejó caer sobre la cama. El agua de su pelo y las gotas de su piel empaparon las sábanas. Pensó que eso era lo que mejor sabía hacer. Llenar de ella los sentimientos de los demás. Pensó en él, pensó si él estaría pensando en ella y se odió por ello.

Ya no recordaba cómo ni cuándo había dejado que esa situación la arrastrara hasta allí. Ya no recordaba cuándo el amor que una vez sintió por él se había convertido en odio. Ya no recordaba en qué momento su mente aceptó que era la aversión que él le provocaba lo que hacía que no pudiera escapar de sus mentiras.

Sintió la turbidez del aire pegándose a su piel e infiltrar sus poros, y se dio asco. Se dio asco por no saber elegirse. Se dio asco por no saber controlar el placer que le provocaba el daño que su mente inventaba cuando imaginaba un mundo ideal a su lado. Se dio asco por ser realista y aun así dejar que su obsesión arruinara su vida, su mierda de vida con él. Se dio asco por depender de los caprichos de un hijo de puta que quería quererla y no sabía cómo y decidió darse por vencido. Se dio asco, se dio tanto asco a sí misma que intentó llorar. Pero no era una cría, sabía que eso ya no servía, ya no conseguía lo que quería entornando los ojos y dejando rodar mentiras sobre sus mejillas. Sonrió hacia dentro. Giró el cuello, inclinó la cabeza y miró hacia la puerta. Susurró muy bajito: “aparece”. El mundo seguía quieto a su alrededor. “Aparece”, “aparece joder, aparece”. Gritó: “abre la puerta, aparece y quiéreme”.

Oyó ruido fuera y se asustó, se incorporó,  notó la velocidad de su corazón, la sangre palpitar en su frente  y el aliento de la vergüenza en su nuca. Se calmó enseguida, antes de lo que hubiera imaginado, quizás porque ya era consciente de que era ella quien inventaba los ruidos que quería oír. Pensó “no hay mayor putada que ser consciente de tu desilusión”.

Pensó en las pastillas que utilizaba para hacerle creer al cuerpo que aun sabía dormir. Alargó el brazo y buscó el bote dentro del bolso de una manera tan  impaciente como automática.
Abrió el bote y dejó caer las pastillas sobre su lengua, ya no sabía contar y había aprendido a tragárselas sin cuestionárselo. Se acomodó sobre el colchón, pasó su lengua por sus labios y pensó “mañana será otro día. Otro día igual”


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I know that spitting is a bad habit, but i can't help the taste...

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Que yo soy de leer cosas raras, y de escribir cosas aun peores...


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