La perla del mercader


Echaba de menos sus pequeñas joyas. Hundía la mano en el cajón, entre los pañuelos de seda y no podría evitar notar la ausencia. Había hecho hueco. Había dado pie al olvido, le había abierto la puerta al adiós. Había hecho todo aquello que los expertos se afanaban por negar. No tomar grandes decisiones, no hacer grandes cambios, no vender la casa, no mudarse, no cortarse el pelo, no renovar una nueva identidad, no inventar una nueva vida.

Pero ella no era mujer de medias tintas, las mitades le sabían a poco. No sabía compartir, ni compartirse. Así que lo hizo. Dejó la taza sobre la mesa, miró la fotografía y dijo adiós.

No podía evitar pensar si había hecho bien, si ella no era una experta en grandes cataclismos ni en los “se debe/ no se debe” postraumáticos. Pensó que tampoco se necesitaba una carrera ni hacerse llamar profesional para poder dar consejos sobre el tema, pero qué demonios, no conocía a nadie que alguna vez hubiera sido capaz de seguir un buen consejo.

Rodeó la habitación con la mirada, las paredes blancas, olor a perla. Magnolias sobre el jarrón y el agua clara, bebió el Vodka de su copa, saboreó la aceituna y la mordió con fuerza. Notó el sabor explotar en su boca, le gustó la sensación de  masticar con crudeza, sin miramientos, querría ese poder para el resto de vida.

Acarició el papel de las paredes, nacarado, con toques de luz, eligió esa casa por los ventanales. La luz bañaba su rostro y jugaba con los reflejos de su pelo. Rojo, rojo pasión. Vino. Sangre.

Los muebles de estilo veneciano se amontonaban sobre el silencio. Los flecos de los sillones dibujaban sombras inquietas tintineantes bajo la luz del medio día. Los cojines olían a perfume, esponjosos y cálidos. Descanso.

El aroma a lilas embriagaba sus ideas. El tacto del algodón recorría sus sentidos. Caminó lentamente dejando que el canto de la nada acariciara sus sentidos. Paz, sentía paz, cerraba los ojos y veía luz, blanco, claridad, suave, nada, sin ideas, sin ira, solo armonía, tranquilidad, el bienestar que su cerebro le pedía a gritos entre tazas de café y vestidos de traje. Podía notar el pañuelo de su cuello ondear bajo la suave brisa que se colaba bajo el blanco de la puerta. Podía saborear la calma, los músculos de su cara dibujaban afables una sonrisa, muy despacio, paladeando el momento, despacio, despacito. Entendió por fin que eso, esa sensación, esa calma que precede a la tempestad, eso que hay antes que el miedo, eso que hay antes de que el pavor inunde tu mente y recorra tu espalda, eso, esa calma, eso blanco, ese momento, eso era la felicidad. Se sintió vacía, tan vacía que perdió sus sentimientos, lo había perdido todo, no era nada. Vacía. Estaba vacía. Y por fin podía volver a llenarse.

1 comentarios:

Vitore 11 de febrero de 2011, 10:07  

Yo es que ya no leo blogs y apenas escribo en el mío. Hoy me he pasado por tu casa y me ha envuelto la belleza de este post.

Gracias.

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I know that spitting is a bad habit, but i can't help the taste...

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Que yo soy de leer cosas raras, y de escribir cosas aun peores...


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